Featured image

He pasado unos últimos meses estresantes que me han tenido alejado del blog (¡por fin he vuelto!) y aunque en otro momento os hablaré de lo que me ando entre manos hoy os quiero hablar de algo que ha marcado mi vida desde que un día en Galicia un pulpo me miró a los ojos en mi bautizo de buceo para decirme “esto es lo que quieres y ahora ya lo sabes”.

El buceo nunca fue algo que me llamara la atención. Nunca he sido de mar ni he sentido especial arraigo por él. Para mí la playa era algo que pisaba una o dos veces cada verano (siendo de Mallorca reconozco que tiene delito). Cuando mis amigas me sugirieron la idea de probar un bautizo de buceo acepté quizá con no mucha gana, era el plan que menos me entusiasmaba hacer, pero al final estaba de vacaciones en Galicia y había que aprovechar.

Era un día nublado y el agua estaba helada; el trato del centro que nos atendió fue genial y nos organizaron una sesión en la que nos llevarían de la mano bajo el agua literalmente, se esforzarían en hacer que la experiencia nos gustara y, si fuera a ocurrir algo, estábamos en las mejores manos. Así que con todo ello me embutí como una sobrasada en un neopreno ceñido y empecé a caminar de la mano del instructor desde la orilla. Me sentía muy raro, aprisionado en un neopreno, máscara, aletas y una botella (mal nombrada “bombona”) tan pesada que me echaba hacia atrás. Poco a poco empecé a avanzar sobre la arena pudiendo empezar a sumergirme con delicadeza.

Y todo cambió.

Muchos amigos me han preguntado sobre qué siento al bucear y he tratado de explicar con palabras algo que solo se puede sentir. Poco a poco vas viendo como el agua supera tu máscara y tus oídos empiezan a escuchar una melodía que te aleja del sinfín de ruidos del día a día. El mar aparta la estridencia del mundo para invitarte a un concierto donde la única nota que importa es la de la calma y la tranquilidad. Empiezas a respirar desde la botella… todo es natural. Eres tú. Eres uno con la inmensidad del océano.

Un buceador ascendiendo por aguas cristalinas de color azul rodeado de formaciones rocosas submarinas, con una suave luz filtrándose desde la superficie, evocando una sensación de quietud y soledad apacible

Supe desde el primer instante que esa atracción no fue casual, había conocido al amor que siempre tuve delante acompañándome desde que era niño y jugaba en la arena con una pala. Siempre estuvo ahí solo que no estaba listo, no sabía que me estaba esperando.

Cuando volví a Mallorca supe que quería certificarme para seguir yendo a bucear. Buscando opiniones y centros di con Scuba Mallorca que aunque me queda lejos de casa (Port de Pollença, 1 hora de camino) tenía muy buenos comentarios. Cris y toda la familia nos abrieron los brazos guiándonos en todo desde la primera inmersión en un entorno íntimo y cercano. Aunque he buceado en otros lugares nunca me he encontrado tan cómodo como con ellos y siguen siendo mi principal familia de buceo todos estos años.

El buceo se ha convertido en mi gran momento de relajación en mi vida, todo un ritual que me abstrae de mí mismo y mis tribulaciones para colocarme en otra dimensión, demostrándome que nada es más importante en esta vida que sentir el momento. Somos fruto de una casualidad y construimos nuestro propio sentido de la vida, cargando nuestra mochila de aquello que nos mueve y nos motiva, pero también de muchas otras cosas que son menos importantes de lo que muchas veces pensamos. Lo importante no es más que aprovechar la única existencia que conocemos. Lo importante es ser, lo importante es sentir, lo importante es vivir.

Lo importante, es ser feliz.

Un grupo de buceadores equipados con trajes de neopreno y botellas de oxígeno caminando por un muelle de madera en dirección al punto de inmersión, rodeados de aguas tranquilas y un paisaje costero sereno, transmitiendo una sensación de anticipación y camaradería antes de sumergirse